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taller de historia regional

DE LA HISTORIA REGIONAL A UNA NUEVA HISTORIA CULTURAL

DE LA HISTORIA REGIONAL A UNA NUEVA HISTORIA CULTURAL

DE LA HISTORIA REGIONAL A UNA NUEVA HISTORIA CULTURAL

Es un trabajo tomado de Víctor M. Gonzales Esparza del Departamento de Historia de la Universidad de Aguascalientes, México UAA/INAH

Hace algunos años, en un Congreso de historia regional, me preguntaba sobre la posibilidad de una nueva historia regional, que fuera más allá de la ordenación y descripción de las fuentes, con el fin de ampliar nuestra comprensión sobre el pasado y nuestra memoria colectiva o, como dijera Lucien Fevbre, para «impedirle al pasado que pese demasiado sobre nuestros hombros.»

Mi respuesta en aquellos momentos era que efectivamente desde las regiones podría hacerse una historia innovativa, que incorporara diferentes tradiciones historiográficas, particularmente la revolución historiográfica francesa, en donde el análisis, la comparación, lo multidisciplinario, la relación y el diálogo entre los tiempos, etc., fueran las divisas del quehacer del historiador en provincia, haciendo efectiva una venganza lúcida contra el centralismo intelectual que hasta la fecha nos agobia.

Después del boom de los estudios regionales - gracias precisamente a los avances en materia de clasificación de los archivos históricos de municipios y estados, pero también, desde luego, a la conformación de un grupo de historiadores profesionales interesados en las regiones- puede decirse que poco hemos avanzado en ese ambicioso pero necesario programa que planteara para la renovación de los estudios regionales.

Ciertamente el número de estudios monográficos se ha multiplicado pero no estoy seguro de que ello haya mejorado la calidad de nuestros conocimientos históricos. Como bien nos lo recordara Luis Villoro hace tiempo, hay una gran diferencia entre el conocer y el saber. Usando una imagen que solía utilizar nuevamente Lucien Febvre, el historiador no es el que acumula y pega los ladrillos sino el que es capaz de diseñar y realizar proyectos...

En Aguascalientes, por ejemplo, que es el caso que más conozco, se han sentado las bases para una nueva historia regional. Pienso, desde luego, en los trabajos de Beatríz Rojas, la primera historiadora profesional que se dedicara a la tenencia de la tierra en Aguascalientes y a la destrucción de las haciendas, pero también, como en su último libro, a la conformación de la élite económica y política local durante el periodo colonial; pienso también en Yolanda Padilla que, a través de diferentes recursos (de la historia oral, la antropología urbana y religiosa, de la consulta meticulosa de archivos, etc.), ha podido reconstruir momentos claves de conflictos religiosos (la Cristiada, el conflicto de los años setenta de este siglo, etc.) y de la historia de la educación; en fin, pienso en Jesús Antonio de la Torre Rangel y su persistente y lúcido estudio sobre los orígenes del jusnaturalismo en América; en Jesús Gómez y su prolífica labor para reconstruir la historia agraria y política del siglo XIX hidrocálido. Cabe mencionar también los trabajos de Salvador Camacho, Andrés Reyes, Carlos Reyes, etc., a través de los cuales conocemos con mayor detalle la historia de la educación, la historia política y sindical de nuestro siglo XX.

Es necesario destacar que esta proliferación de estudios históricos en Aguascalientes ocurre pese a no contar con un Centro de Investigaciones históricas que haga posible, entre otras cosas, la continuidad en los trabajos y, más aún como veremos, la ampliación del campo de la historia hacia perspectivas más analíticas y comparativas, con el fin de salir de una historia demasiado enfocada en la región misma, a riesgo de convertirse en chovinista. Porque si bien la historia regional comenzó hace una generación como una innovación frente a las prácticas de una historia de bronce, una historia básicamente política y descriptiva, en la actualidad podemos decir, como suele ocurrir con prácticas exitosas que no buscan los mecanismos para renovarse permanentemente, la historia regional se ha convertido en la nueva historia de bronce, en la reivindicación acrítica de los procesos y personajes locales o, peor aún, en la justificación de los cacicazgos religiosos y políticos en aras de un supuesto cuestionamiento al Estado central.

La historia regional en México, como sabemos, ha tenido en Luis González a uno de sus grandes impulsores, no sólo a través de su gran obra Pueblo en vilo, sino a través también de la creación de instituciones (vgr. El Colegio de Michoacán), siguiendo con ello las enseñanzas de su maestro Cosío Villegas. Luis González, retomando algunas de las enseñanzas de la historiografía francesa, supo ampliar el campo de la historia mexicana («todo es historia»), fundamentando con ello la necesidad de la historia «matria» como una suerte de venganza ante la historia de bronce, es decir, una historia nacionalista sin autocrítica y sumamente centralista que poco reconocía las experiencias regionales. De hecho, su obra es un ejemplo a seguir, no sólo por la temática sino por el estilo narrativo en el que la historia se convierte en el vínculo entre la ciencia y el arte, como lo recomendaran los clásicos.

No obstante, pocos son los historiadores regionales que han continuado al maestro, dado que la mayoría de éstos se ocupó más en la historia descriptiva de rescate de las regiones, olvidando con ello, como lo dijera la historiografía francesa y lo insistiera Eric Van Young para el caso mexicano, que lo importante son los problemas, es decir las preguntas que hay que responder, y que las regiones en todo caso son excelentes pretextos para reflexionar.

En este sentido, muchos de los trabajos de historia regional han descuidado la historia analítica, interdisciplinaria y en diálogo con los tiempos, para concretarse a estudios de especialistas para especialistas, con espíritu monográfico, y que poco involucra el interés de diferentes grupos sociales por conocer su historia y así ampliar su memoria colectiva.

Lo anterior tiene que ver con un aspecto planteado por Enrique Florescano acerca del desfase existente entre el conocimiento histórico propiamente dicho y su difusión. Debemos recordar, por ejemplo, que la historia, junto con la lengua española y las matemáticas, son de las áreas más rechazadas por los estudiantes debido, entre otras cosas, por las dificultades para presentar proyectos de enseñanza y difusión atractivos a la población.

Ello exige a los historiadores no sólo una nueva actitud ante el objeto de estudio, sino también ante las formas en que puede comunicarse. Se trata, así, de pasar de una historia regional descriptiva a una historia social y cultural que retome las preocupaciones de los creadores de la nueva historia en otras latitudes. Una historia no sólo enfocada en las elites (vgr. Hacendados y políticos), sino también en la manera en que diferentes grupos sociales han asimilado o cuestionado los diferentes proyectos culturales.

Se trata efectivamente de una vieja propuesta pero que poco hemos desarrollado en nuestro medio, y supongo que tampoco en las diversas regiones del país, la cual vendría a cuestionar las concepciones vigentes acerca de la historia y de la cultura. Ello no implica, por cierto, una reivindicación acrítica de la «cultura popular», sino más bien un llamado a analizar las contradicciones culturales, es decir, estudiar por ejemplo cómo lo popular se convierte en un elemento sustancial del arte de vanguardia (un ejemplo típico en nuestro medio es Posada, creador de formas populares convertidas en fundamento del resurgimiento artístico y nacionalista de los años veinte y treinta de nuestro siglo).

Así pues, de la historia regional a la historia cultural es sólo una invitación a replantear nuestro papel como historiadores de provincia para contribuir a la renovación de nuestra historia nacional, involucrando para ello discusiones y perspectivas teóricas así como diferentes disciplinas que nos ayuden a encontrar los medios para la práctica de una nueva historia e historiografía regional y nacional.

Pero ¿de qué historia cultural estamos hablando? La tercera generación de historiadores que participaron en la revolución historiográfica francesa pasaron, a decir de Peter Burke, “del sótano al desván”, es decir, de la estructura a la superestructura en un esfuerzo por cuestionar pero también complementar los estudios promovidos principalmente por Braudel. En este sentido, se desarrollaron perspectivas ensayadas desde los fundadores de esta revolución (vgr. los trabajos sobre la incredulidad de Febvre o los reyes taumaturgos de Bloch), pero que sin embargo fueron hasta cierto punto relegadas por el paradigma braudeliano, dando lugar así no sólo a temas superestructurales sino incluso de psicohistoria, pasando así del sótano no sólo al desván sino también al diván del psicohistoriador.

Sin embargo, la influencia más clara en México de esta tercera generación ha sido la de Roger Chartier quien, más allá de la historia de las mentalidades, ha abogado por una historia de las representaciones sociales y de la cultura desde la antropología. Sin embargo, es necesario insistir en algunas de las características de la nueva historia cultural.

La historia predominante en nuestro medio del arte y de la cultura, si bien trabaja con la historia de las ideas y de los símbolos (siguiendo en el mejor de los casos a clásicos como Huzinga), mantiene aún una perspectiva de la cultura como algo que un grupo tiene y otros no (vgr. educación artística formal, etc.). Como ustedes saben, a partir de antropólogos como Malinowski y Gueertz, el concepto de cultura se amplió hacia los hábitos y valores heredados o, más aún, hacia las dimensiones simbólicas de las prácticas sociales.

Esta perspectiva ha permitido desde luego el reconocimiento de un relativismo necesario frente a la discriminación de pueblos con o sin cultura, retomando con ello una tradición a la que habría que reconocerle una genealogía al menos a partir de Vico, Rousseau, Herder, etc. Sin embargo, si bien el riesgo de la historia cultural tradicional era el elitismo y la idea de la unidad cultural, en la historia antropológica el riesgo es la fragmentación y la reivindicación acrítica de los particularismos.

Existen propuestas teóricas que pueden ayudar a salir de esta disyuntiva. El marxismo, por ejemplo, si bien posee una gran tradición en el análisis de los diferentes determinantes de la estructura y superestructura, las más de las veces, particularmente desde un marxismo dogmático y economicista, termina por simplificar las preguntas, impidiendo con ello la actitud necesaria hacia una nueva historia cultural. Desde luego hay importantes excepciones, entre las que había que destacar la obra de Thompson sobre la clase obrera y las «costumbres en común», una veta que sin duda merece especial atención.

La nueva historia cultural, por lo tanto, es necesaria en nuestro tiempo para dar respuestas que vayan más allá del dogma y de la fragmentación, característica desafortunadamente de las historias regionales en uso, pero también de la especialización disciplinaria que impida el análisis, por ejemplo, de las contradicciones y de los choques culturales o, en otras palabras, de la “cultura material de la frontera”, de los encuentros e interacciones entre diversas prácticas y representaciones culturales que nos permita dar cuenta de las transformaciones y la riqueza, por ejemplo, de la cultura mexicana.

Así, para una nueva historia, es necesario cuestionar nuestra práctica como historiadores regionales, replantearla a partir de las propuestas de la cual surge, es decir, de una historiografía que anteponga el análisis a la descripción, lo multidisciplinario a la especialización, el diálogo de los tiempos frente a la cronología y la datación descontextualizada, en fin, el pensamiento complejo frente a la tendencia creciente a la simplificación, la nueva historia cultural frente a los reduccionismos tanto de la fragmentación como de la homogeneidad cultural. Una historia que, parafraseando a Fevbre, nos permita construir los andamios que, en momentos de desencanto pero también de oportunidades, impidan que todo el peso del pasado recaiga sobre nuestros hombros.

http://www.geocities.com/revista_conciencia/regional.html

 La imagen corresponde a Arequipa de 1930

 

 

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